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Cuaderno de apuntes La ética del martirio Las influencias de la educación se graban en la mente de tal forma que resulta difícil cambiar el pensamiento. Los padres, los educadores y las religiones han ido esculpiendo, a base de repeticiones, una moral basada en unos principios que, como mínimo, deberíamos cuestionar. Uno de estos principios es el que proclama que disfrutar de la felicidad es un acto egoísta. En consecuencia, el uso de la felicidad conlleva privar de la felicidad a otras personas. Es como si la felicidad del mundo estuviera contabilizada y como si toda risa fuera a costa de provocar un llanto inmediato. O como si una dicha momentánea presagiara una desgracia inminente. Otros principios de los que se nutre la ética del martirio son que la felicidad equivale a ser un presuntuoso y que ser feliz es una absoluta desconsideración hacia los que sufren. Esta forma de ver las cosas impide, por supuesto, ser feliz. Si crees que podrías ser feliz en algún momento, el remordimiento previo te impedirá serlo, las barreras mentales dejarán fuera todo tipo de sensaciones agradables y, por tanto, inmerecidas. La culpabilidad está instalada en ti. No obstante, la realidad es otra: los infelices y deprimidos son los que están más centrados en sí mismos, sin importarles otra cosa que ellos mismos. Porque, al fin y al cabo, “bastante tienen con lo suyo”; son ellos los que precisan ayuda. No pueden ayudar a nadie y no tienen nada que compartir, salvo sus males, culpas y resentimientos. Sin embargo, las personas que se sienten felices son abiertas, sociables, generosas y cariñosas. ¿Cómo se puede dar amor si no se tiene? Si me castigan, sufro, pero me quedo tranquilo porque es lo que merezco; si no me castigan, sufro porque no me dan lo que me merezco, y si me he sorprendido sintiéndome feliz, pronto dejo de hacerlo porque es añadir sufrimiento a los demás y necesitaría un par de azotes para compensarlo. Los practicantes de la moral del martirio mantienen que, ya que ellos sufren, se sacrifican, se culpabilizan, y se impiden todo acceso a la felicidad, exigen a los demás tanto a más sufrimiento, tanta o más culpa, y tanta o más abstinencia de felicidad. Vemos pues, que esta actitud significa amargar la vida al prójimo, cosa totalmente ilógica, fuera de lugar, y la evidencia de que el martirio, ni por asomo, genera felicidad a los demás, sino más bien al contrario. Por tanto, te rogaría que, si detectas que te sientes culpable cuando eres feliz, pensaras que sólo si tu estás bien puedes ayudar a los demás a estarlo. La felicidad, como el sufrimiento, se suelen compartir. Visto de este modo, te ves obligado a ser feliz, a disfrutar del momento, a dejar el pasado en su sitio, y a dar los primeros pasos para hacer tambalear esos principios que sustentan la teoría de que para ser feliz, hay que sufrir y hacer sufrir. No tan solo son falsos sino que, si los sigues, obtendrás justamente lo contrario de lo que mantienen.
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