"Un necio encuentra siempre otro necio
aún mayor que le admira."
Nicolas Boileau-Despréaux
El Refugio
Los
refugios, en especial los de montaña, están siempre abiertos al
caminante que se ha quedado sin fuerzas para continuar.
Porque
durante el viaje suelen aparecer enemigos inesperados. Como una lluvia
torrencial en la oscuridad absoluta. O el frío, la desorientación, la debilidad y la desesperación.
O todo a la vez.
El
huésped puede recuperar sus fuerzas. Y el tiempo se convierte en aliado; las circunstancias adversas desaparecerán
tarde o temprano.
Los problemas quedan
fuera, asunto que debería ser apreciado como se merece. Más tarde, si no
han desaparecido solos,
deberán resolverse. Pero ahora toca pensar en uno mismo.
Este
sitio web pretende ser un punto de encuentro para quienes quieran
escapar, por unos momentos, de la presión del día a día; un lugar
donde se puede enseñar (o aprender) a recuperar y mantener unas ganas de seguir
prácticamente arrolladoras.
La playa
Aunque puede que la playa no te guste nada, y que la arena te irrite, y
que no te lleves bien con el sol, optamos por ubicar nuestro refugio
cerca de ella.
Tan cerca como quieras, por supuesto. La distancia
homologada oscila entre los 3 centímetros hasta los 8.000 kilómetros. Aquí
todo es virtual y se cuenta con el privilegio de una imaginación sin
límites
No es una de esas playas en las que tienes que pelear por
un metro cuadrado. Es tranquila. Y
espaciosa. El sonido del mar aporta paz. El aire que llega
desde él es fresco, renovado; tan renovado que te renueva por dentro sin
necesitar ni yogures ni derivados. Y por fuera, te renueva por fuera
también, que no se te olvide.
Si no te gusta la arena, es una playa asfaltada.
Si el asfalto te molesta, pues le ponemos césped. Si el sol te machaca, hay frondosos árboles
emanando abundante y fresca sombra. Todo a la medida de tus preferencias. Y, ya que
estamos; si no te gusta el mar, tiramos del tapón y montamos un jardín.
Los refugios de montaña suelen resolver situaciones límite, a veces
decisivas para la propia vida. No es el
caso. Éste es para situaciones más domésticas, más cotidianas. Por este
motivo lo hemos puesto en un lugar más accesible y menos selectivo. Pretende ser agradable,
tanto que incluso te apetezca acercarte sólo por el gusto de hacerlo.
Las fotos más olvidadas
(05-08-2008)
El vídeo
Los otros y tú
Que otros han pasado antes que tú, es obvio,
pero importante. Su predisposición ha sido compartir algo de lo que
tienen y de lo que saben. Esto debería ser contagioso, pero nadie va a
exigirte nada a cambio; esto también es importante.
Algunos han construido
el pequeño albergue y lo mantienen. Otros han dejado
notas, fotos, libros, cuentos, poemas, reflexiones, herramientas,
trucos, fórmulas... Muchos piden, precisamente, alguna de estas cosas. Quedan ahí cientos de
motivos capaces de atraer tu presencia.
El
refugio tiene la magia de aportarte compañía si te sientes solo. Y
soledad si la multitud te está agobiando por momentos. Rompe, al
concentrarte en lo que lees y en lo que escribes, con esa realidad tan
poco amable tantas veces. Y eso es saludable. No hay prisas, nadie
espera a que salgas para meterse. Puedes dejar tus notas pegadas en el
microondas sabiendo que alguien acabará leyéndolas y pensando en ti.
Ésta es
la filosofía de este rincón tan remoto en Internet, pero tan cercano al
mismo tiempo. Porque por muy lejos que estemos unos de otros en términos
geográficos, la sensación de proximidad debe ser lo realmente
importante. A veces, los que más cerca están de uno son los que menos
nos entienden. Será por eso o porque no nos atrevemos a explicarnos
abiertamente. Pero aquí, en este pequeño refugio, las cosas son
muy distintas. Bienvenido, bienvenida.
Si optamos por tener razón, por demostrar que
nuestros planteamientos son válidos, invalidando los de nuestro
interlocutor, que por lo general son nuestra pareja sentimental, nuestro
amigo, nuestro compañero de trabajo, nuestro hermano, nuestro hijo,
nuestro padre... estaremos iniciando una batalla en la que no habrá
ganadores, como tampoco los ha habido en ninguna guerra.
Nos pondremos a la defensiva, de forma obstinada, se
creará resentimiento hacia el otro si "hemos ganado" o hacia uno mismo
si nos hemos quedado sin argumentos. El simple hecho de querer tener
razón ya es un error de planteamiento.
Ganar el trofeo de la razón es una lucha que desgasta
a los dos interlocutores finalistas. Se cierran los puntos de vista,
todo es en blanco y negro y, si no estás conmigo, estás contra mí. Si
nadie tira las armas al suelo, puede ser una larga batalla sin sentido
pero con numerosos efectos colaterales.
En toda disputa, lo más probable es que todos
tengamos parte de razón, pero la obstinación por dejar nuestro orgullo
intacto impide que se compartan los puntos de vista que surgen para
llegar a una conclusión enriquecedora y mucho más completa.
Normalmente, cuando se quiere tener razón a toda
costa, se traspasa la barrera de lo personal. Ya no se discuten los
argumentos sino las capacidades personales del adversario, poniéndolas
en duda, en el mejor de los casos.
Paradójicamente, querer tener razón no suele ser lo
más razonable. Si lograr un objetivo tan discutible significa herir,
separarse, humillar, insultar, lo mas sensato es bajar la guardia,
disculparse e interesarse por el punto de vista del otro, que siempre
tendrá alguna novedad que podamos aprovechar.
Pero, por lo general, el orgullo es demasiado
suspicaz para tomar una actitud que no sea otra que ponernos siempre a
la defensiva. Ver al otro como parte de nosotros, sin prejuzgarlo de
antemano, sin pensar que sus pensamientos diferentes son un ataque
frontal, puede acercarnos mucho más a esa razón que buscamos. Pero,
sobre todo, a un bienestar tanto propio como de quienes nos relacionamos
cotidianamente.
Querer tener siempre la razón no es lo más razonable.
Si me apuras, ni siquiera tiene sentido.